En diciembre, treinta niños de doce años del Colegio Azorín de Molinos Marfagones plantaron 300 árboles autóctonos en una ladera volcánica de la diputación de Los Puertos de Santa Bárbara. No es una jornada de fotos: detrás hay cuarenta años de experiencia, ciencia forestal aplicada y una idea incómoda. El erial que asociamos al campo de Cartagena no es un paisaje natural, sino el resultado de siglos de talas. Y, hecho con criterio, se puede revertir.
La imagen árida y casi lunar que ofrece buena parte del Campo de Cartagena no es el paisaje que vieron quienes habitaron estas tierras hace doscientos años. Los textos antiguos hablan de bosques densos y diversos en una zona que, paradójicamente, sigue siendo la de mayor diversidad botánica por superficie de Europa. La deforestación masiva del siglo XVIII, alimentada por la demanda de madera del Arsenal de Cartagena, vació de árboles laderas que hoy parece imposible reverdecer. La Asociación en Defensa de Cartagena Oeste ha decidido demostrar que sí lo es.
Un desierto que no era un desierto
La idea, asumida por muchos vecinos, de que estos parajes «siempre fueron así» choca de frente con la documentación histórica. La península ibérica suroriental concentra una variedad excepcional de flora autóctona (jaras, algarrobos, retamas, acebuches, sabinas, lentiscos, palmitos…) y los registros previos a la industrialización describen formaciones forestales mucho más cerradas que las actuales. La pérdida del arbolado, en otras palabras, no fue un desastre climático, sino un proceso humano: un siglo de talas para construir barcos, alimentar fundiciones y fabricar madera.
Reconocer esa historia importa, porque cambia la pregunta que solemos hacernos. Ya no se trata de qué crece aquí en abstracto, sino de qué crecía aquí antes de que lo arrancáramos. Y la respuesta abre la puerta a recuperar suelos que parecen perdidos.
Por qué la mayoría de las reforestaciones fracasan
Una de las grandes lecciones de la ecología forestal mediterránea de las últimas décadas es que plantar muchos árboles no equivale a hacer un bosque. Las repoblaciones masivas con una única especie (típicamente pino carrasco, plantado a marco regular) generan masas homogéneas que parecen verdes desde la carretera, pero son frágiles, pobres en biodiversidad y especialmente inflamables. La mayoría de los grandes incendios forestales recientes en la península Ibérica y en Portugal se han propagado precisamente por antiguas repoblaciones monoespecíficas.
Asociaciones como WWF España insisten desde hace años en una distinción que no es semántica: reforestar es plantar árboles; restaurar es recuperar un ecosistema. Lo segundo exige diversidad, planificación y tiempo; lo primero suele bastar para una foto institucional.
Idea recurrente en el trabajo del ingeniero agrónomo Ramón Navia-Osorio
La fórmula que sí funciona en la Cartagena Oeste
El proyecto de Los Puertos de Santa Bárbara no nace de la improvisación. Lo lidera Ramón Navia-Osorio, ingeniero agrónomo con cuatro décadas de experiencia en agricultura biológica que ya hizo algo similar hace cuarenta años en el Sabinar de Canteras. La metodología aplicada se apoya en una premisa sencilla: si el sureste ibérico fue uno de los rincones más biodiversos de Europa, devolverle la cubierta vegetal pasa por replicar esa diversidad, no por imponer un monocultivo.
En la práctica, eso significa plantar a la vez especies que florecen y fructifican en momentos distintos del año, para que polinizadores, aves e insectos (y con ellos los controles biológicos de plagas) encuentren alimento durante los doce meses. Las raíces diversas mejoran la infiltración del agua de lluvia, lo que reduce las riadas y recarga los acuíferos en una comarca con déficit hídrico crónico. ARBA Cartagena, otra entidad vecina centrada en la recuperación del bosque autóctono, ha documentado con esta misma lógica tasas de supervivencia superiores al 90% en sus repoblaciones de la Sierra Minera y Cabo Tiñoso.
Hay un precedente histórico que conviene recordar: la repoblación que Ricardo Codorniu impulsó hace más de un siglo en Sierra Espuña, hoy parque regional, es uno de los grandes éxitos de restauración forestal de España. Aquello también empezó como una idea casi improbable.
árboles autóctonos (jaras, algarrobos, retamas, acebuches, sabinas y otras especies originales del sureste ibérico) han sido plantados este diciembre de 2025 en una ladera volcánica de la Cartagena Oeste. La previsión es que en cuatro o seis años empiecen a configurar la estructura básica del bosque primigenio.
Una asociación, un colegio y ochenta años de empuje
La otra clave del proyecto es humana. Detrás de la iniciativa está Pilar Juárez, ochenta años, una vida dedicada a empujar proyectos comunitarios en la zona oeste de Cartagena. La asociación que lidera ha entendido algo que la literatura científica subraya: sin tejido social que cuide las plantaciones a medio plazo, los plantones no llegan a árbol. En 2025, Navia-Osorio recibió el premio Garbancillo de Oro de Tallante en la categoría de defensa ambiental, en reconocimiento a esa trayectoria.
De ahí el papel del Colegio Azorín de Molinos Marfagones, cuyos alumnos de sexto de primaria (treinta niños de doce años) se implicaron como voluntarios en las dos jornadas de plantación. No es una anécdota pedagógica. Dentro de cuatro o seis años, cuando el bosque empiece a tomar forma, esos alumnos serán adolescentes capaces de reconocer su trabajo en el paisaje. Es la mejor garantía de que el lugar tendrá quien lo defienda.
Por qué este modelo sí funciona
- Especies autóctonas adaptadas al clima del sureste, no especies «estándar» como el pino carrasco.
- Diversidad botánica con floraciones escalonadas para sostener polinizadores durante todo el año.
- Conocimiento técnico contrastado: cuarenta años de experiencia previa en el Sabinar de Canteras.
- Proyecto ligado a la comunidad: asociación vecinal y centro educativo como motor.
- Horizonte largo: el bosque empezará a consolidarse a partir del cuarto o sexto año.
- Funciones añadidas: infiltración de agua, control de plagas, atractivo turístico y absorción de CO₂.
La paradoja de plantar el bosque que no se verá crecer
La parte más inusual de esta historia, sin embargo, no es la técnica. Es la decisión consciente de poner en marcha un proyecto cuyo desenlace (un bosque cuaternario maduro) probablemente no llegarán a ver sus impulsores. Pilar Juárez tiene ochenta años y el bosque empezará a parecer un bosque dentro de una década.
Esa lógica, ajena a los plazos políticos y a los indicadores anuales, es exactamente la que reclama la ciencia forestal cuando habla de restauración. Y es la que falta en muchos planes públicos de reforestación, evaluados aún por el número de árboles plantados y no por su capacidad de seguir vivos (y de cumplir funciones ecológicas) treinta años después. La Cartagena Oeste, sin recursos millonarios y al margen de los grandes titulares, está demostrando que se puede hacer al revés.
Fuentes y lecturas
- elDiario.es Murcia – Hacer nacer un bosque en la Cartagena Oeste (José Ibarra Bastida)
- ARBA Cartagena – Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono
- WWF España – Restauración de bosques
- Murcia Plaza – Premios Garbancillo de Oro 2025
